Durante la madrugada del miércoles, el Ejército ruso lanzó una ofensiva masiva de drones y misiles sobre la capital ucraniana, en lo que se describe como uno de los ataques más letales desde el inicio de la guerra.
Las autoridades informaron un saldo preliminar de al menos 19 muertos —incluidos niños— y más de 50 heridos, mientras los equipos de emergencia continúan labores de rescate en varios sectores residenciales afectados de Kiev.
El ataque, que se prolongó por más de nueve horas, incluyó el lanzamiento de cerca de 600 drones y alrededor de 30 misiles, según reportó la Fuerza Aérea ucraniana.
Se logró interceptar la mayoría (563 drones y 26 misiles), no obstante quedaron decenas de impactos efectivos en edificios residenciales, la sede de la Unión Europea y oficinas del British Council, y al menos 13 ubicaciones resultaron alcanzadas directamente.
El presidente Volodímir Zelenskiy calificó la agresión como una clara negativa a la diplomacia y exigió un alza en la presión internacional contra Moscú, reclamando sanciones adicionales y apoyo en defensa aérea.
Desde la Unión Europea, la presidenta Ursula von der Leyen y otros líderes condenaron el ataque como un acto terrorista, anunciaron la convocatoria de una nueva tanda de sanciones e instaron al Consejo de Seguridad de la ONU a actuar con urgencia.

Contexto y consecuencias
Este episodio se suma a una escalada sostenida de ataques rusos sobre Kiev, que han utilizado insistentemente drones Shahed e Iskander-M, dificultando la capacidad defensiva ucraniana y sobrecargando sus sistemas antiaéreos.
Según expertos, incluso los sistemas más avanzados no pueden neutralizar la cantidad creciente de proyectiles lanzados, lo que aumenta el riesgo de daño civil y colapso institucional.
La ofensiva llega en un contexto de estancamiento de los esfuerzos diplomáticos: mientras países como EE.UU. promueven cumbres y mediaciones, Rusia continúa con bombardeos intensivos, desafiando cualquier procedimiento de paz. El ataque a la sede de la UE elevó aún más la tensión entre Bruselas y Moscú, particularmente ante la pasividad percibida por algunas capitales internacionales.
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