En el aflojamiento
en el soltar amarras y dejar que la tibieza rebele sus frescos encantamientos
mientras la humedad al desaparecer lo lleva todo al pozo que eleva la calma
cuando la perdición de morbo torna a sus aguas lentas y tranquilas
se sabe con sorpresa que el amor no tiene método
aunque podría ser metódico
que no podría nunca tener método
pues si es llevado con rienda disciplinada su dirección no es feliz sino falaz
convirtiéndose en algo así como destino
y el amor desconoce destinos
transformándose en paraíso celestial amorfo y eterno
cuando el amor desconoce entornos ajenos y formas
que no podría dirigirse jamás
porque el amor prueba la fe del hombre a cada instante y deshace planes
al realizarse entre escombros y parajes sin nombre y sin apellido
al resaltar su emergencia en sí mismo y en sus propias conquistas
que se amasan en círculos y laberintos que se abren sin frontera
que no puede envolverse
si es como esencia viva bulto caminante que cambia la piel y de piel
si es masa ardiente con su hálito de fuego que no conoce extinción
si no es futo sino semilla que se hunde en las raíces del tiempo
si no reclama nada sino la más espontánea náusea para ser vomitado y tragado
como el demonio que eyacula sobre su propia sombra amorosa
y comprime el himen que vio luz universal iluminada
que ha dejado de ser propósito
para ser segundo tras segundo y siglo con siglo
en el poblar de todos los aflojamientos sucedidos y por acaecer
cuando la tierra se suelta y el agua deja de oler y el viento respira su ansiedad
que mira el límite mundano tan callado como para entender
que amar es la ciencia del aprendizaje momentáneo
sin rasgos ni esferas y entre inventos y desvelos que cuelgan la luna.
Todo esto que lees lo escuché decir al rumor que dejó su movimiento en la terminación sentimental del abrazo. Lo dijo también la casa y los muebles y cada rincón que se desvaneció cuando se detuvo el último susurro de un lenguaje inarticulado. Lo citó también el paso que dejó de arder y la amarillenta oscuridad que se derretía entre aquellos caminos que habían diagnosticado las cumbres amaestradas. Y lo dijo el reloj que de pronto recordó su tarea de recordar que el amor existe si se empalma con la sangre divina del creador llamada tiempo y se encarna.
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