El contexto económico para México es aún más adverso conforme se reducen las expectativas de crecimiento de la economía mundial, dadas a conocer recientemente por el Fondo Monetario Internacional. Este hecho no ha logrado atenuar la postura presidencial de López, para quien ahora es cierta la hipótesis nula: “… no es lo mismo crecimiento que desarrollo, ahora hay más desarrollo”.
La renuncia del exsecretario Carlos Urzúa no ha representado aprendizaje alguno en el gobierno de la “cuarta transformación”, pues luego de que en las últimas semanas los pronósticos sobre la evolución de la economía del país para el cierre del año han sido ajustados a la baja por diferentes organismos, calificadoras y entidades financieras, el presidente López volvió a negar, de manera enfática, esas estimaciones.
Las perspectivas a la baja se han acumulado. Primero, el Fondo Monetario Internacional (FMI) recortó su pronóstico de crecimiento para México en 7 décimas de punto respecto a su previsión de abril, y estima que la expansión de la economía mexicana este año será de 0.9%. La actividad económica registraría así la menor expansión económica en 10 años.
Posteriormente, Citibanamex recortó su previsión del crecimiento de la economía de México a 0.2%, desde un cálculo previo del 0.9%, siendo esta revisión la más pesimista en su estimación del PIB de 2019.
Por si fuera poco, según cifras del INEGI (26 de julio de 2019) el Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE) reportó una caída de 0.3% a tasa anual, con base en cifras ajustadas por estacionalidad durante mayo, lo que es su nivel más bajo para un periodo similar desde 2009, fecha en la que la economía mexicana sufrió las consecuencias de la crisis económica mundial.
Así, según el INEGI la actividad económica del país presentó una expansión acumulada de 0.9% durante los primeros cinco meses del año, la cifra más baja de crecimiento desde el mismo periodo de 2009, cuando la economía mexicana retrocedió 6.9%. Los analistas del banco JPMorgan aseguraron que la economía mexicana cayó en recesión técnica en el segundo trimestre de 2019, tras la publicación del IGAE de mayo.
Rechazar esos datos que apuntan al desempeño de la economía real, es signo de que el gobierno de la “cuarta transformación” se encuentra obnubilado y su líder estancado en la añeja noción de Estado identificándolo como res publica, determinante de los fines del bien común (“el pueblo”), partícipe supremo del esquema superior/inferior del modelo jerárquico, sin darse cuenta que el sistema político y el gobierno (incluida la institución presidencial) son una parte de una sociedad en la que existen, participan y proponen otros órdenes sociales.
Es comprensible que la autopresentación del poder presidencial que encabeza López responda a sus estilos y objetivos mediáticos y personales, pero la conducta de los demás ordenes sociales (incluyendo a Morena, los diputados y senadores adeptos y los servidores públicos) que complementan al poder presidencial sigue sus propias elecciones y no la del presidente. El problema no está en la acción, como cree el presidente López, sino en el plano de las expectativas sociales que contextualizan las acciones.
La campaña generalizada y permanente del presidente Andrés Manuel López ya no tiene y ni tendrá el mismo impacto, puesto que esas acciones “populistas” no convencen ya del todo. Requieren que la institución que comanda lo sea en verdad, que tome decisiones, que gobierne, que ponga en marcha una amplificación de expectativas sobre la base de nuevas comunicaciones que generalicen conceptos frescos y alejados del lenguaje oscuro y maniqueo lopezobradorista, de espacios que produzcan escenarios de confianza, sobre todo entre inversionistas, de la generación de nuevos consensos que se traduzcan en esfuerzos gubernamentales efectivos.
Lo que se observa, por el contrario, es que las acciones y reacciones contradictorias y autoritarias del presidente han terminado por mermar su relación de cercanía y colaboración que debe tener con las instituciones, con todas (como con las instituciones de carácter económico, a las cuales se ha echado encima), y en lugar de ello ha abierto un desgaste entre su individualismo y el espacio complementario de sus compañeros, a los que debiera coordinar bajo la influencia de un inédito equipamiento social, con nuevas disposiciones y proyectos.
La tensión actual está en la contraposición entre el individualismo protagónico del presidente y el problema que enfrenta para hacer del trato comunicativo y de los contactos sociales, mediáticos y las redes un espacio social renovado que le permita acercarse, y no alejarse, del entramado institucional que pone en movimiento nuestras prácticas políticas, sociales y económicas.














