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¿Sobrevivirá el obradorismo?

El PAN no derrotó al PRI, tampoco el FDN y Cárdenas: contribuyeron, pero al PRI lo derrotó el tiempo. Se volvió anacrónico conforme el país se transformaba; la sociedad y el mundo cambiaron.

El PRI correspondía a un diseño inspirado en el fascismo italiano, en el que se pretendía representar al todo en nombre de la revolución. Fue razonable para un país rural, cuando las armas resolvían la disputa por el poder y la rebelión se hacía presente en cada relevo de gobierno.

El PRI cumplió su función, y el corporativismo junto con su reformismo le dieron vida extra. Sin embargo, su diseño, fundado en el presidencialismo y el dominio del partido, se volvió disfuncional.

Algo similar ocurre con Morena, aunque se trata de historias distintas. El viejo partido dominante nació de la necesidad de dar una respuesta política a la disputa violenta por el poder; Morena, en cambio, surge de la democracia y llega al poder a través de elecciones justas y confiables.

 Antes se habían construido instituciones y, de alguna manera, una perspectiva de Estado. Con Morena se destruyen instituciones; el gobierno y la política social sufren un severo deterioro, y el clientelismo electoral se impone con asignaciones directas a millones de personas para apuntalar al régimen.

 Cambiaron el gasto público y la política social. La prioridad era el régimen, no el país: no se trataba de acabar con la desigualdad, sino de convertir a la masa pobre —la mayoría— en adherentes.

 La clave de una política social virtuosa es la inclusión, no la dádiva que reproduce el estado de cosas.

Morena también corresponde a una época: la del surgimiento del populismo. Como tal, este arreglo tiene vida corta y dos posibles derivas: el fascismo —conservar el poder por la vía violenta y el uso faccioso del Estado—, o la democracia.

El punto intermedio, que hemos vivido, resulta insostenible: decir una cosa y hacer la opuesta. A Morena también habrá de derrotarlo el tiempo. No será la oposición, que vive su crisis más profunda, como evidencian las limitaciones políticas y éticas de sus dirigencias.

Por tanto, serán los votos ciudadanos y la acción de una sociedad civil que, hasta hoy, ha resistido y dado muestras esporádicas de vitalidad.

Decíamos en una colaboración pasada que perder elecciones no es un tema dramático para el país, aunque sí para el régimen político. Lo preocupante es la impunidad y la amenaza del vecino del norte.

La economía no resiste la continuidad de este precario equilibrio. No sólo está en juego la redefinición de las relaciones económicas y comerciales impuesta por Estados Unidos, sino el modelo mismo.

Las pensiones, los subsidios a la CFE, a Pemex y a proyectos fracasados, así como el servicio de la deuda, asfixian el gasto público.

Los ingresos no crecen al ritmo de las necesidades, y no sólo por el régimen fiscal o la economía informal, sino porque el país dejó de crecer desde que el populismo se hizo del poder.

 La situación es crítica e insostenible. El autoritarismo a la mexicana jamás podrá generar crecimiento, porque éste requiere certeza en los derechos, confianza. El capitalismo de cuates no funciona.

También es insostenible la impunidad y sus efectos. La corrupción se ha desbordado y la complacencia la normaliza hasta convertirla en práctica usual.

El contrabando de combustibles es ejemplo del deterioro y la venalidad hasta en los más altos niveles de gobierno, afectando incluso a entidades que antes eran modelo de disciplina y supuesta probidad.

El problema no se limita al crimen asociado al narcotráfico y sus atrocidades. Por la complacencia y complicidad gubernamental, el crimen ha evolucionado y penetrado el tejido político, económico, de seguridad y social del país mediante la práctica sistemática de la extorsión.

Es un acierto que las autoridades señalen a la extorción como crimen grave y pernicioso. Combatirla va mucho más allá de una estrategia de seguridad: requiere una cruzada amplia para revertir la situación.

La extorsión, en sus múltiples variantes, extendida por todo el país, implica a todos los gobiernos y tiene un impacto severo en la convivencia civilizada y en la legalidad.

La extorsión envilece la confianza ciudadana en las autoridades por la complicidad e impunidad.

El obradorismo convenció con su prédica de que “no somos iguales”. En efecto, resultaron peores. La impunidad habrá de hundirlos, como sucedió con el PRI.

Federico Berrueto

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