Pocas escritoras nos confrontan con la realidad de una manera directa y diría cruda, como lo hace Mariana Enriquez, no porque su narrativa sea intencionalmente beligerante, sino por su valentía e inteligencia. En su obra “Las cosas que perdimos en el fuego” plasma magistralmente la realidad de la violencia y el horror que sólo nos confronta cuando alguien cercano la padece, en tanto, nuestras conciencias parecen estar en stan by. Nos identificamos con su obra porque los habitantes en Latinoamérica, estamos conscientes de sus estragos. Hablo de la violencia como hilo conductor en los estudios y observaciones de quienes la protagonizan.
Mariana con su narrativa nos sumerge en un mundo que pasa de lado, pero está ahí: drogas, violencia en la familia o el famoso asesino de serie llamado Petiso Orejudo. Estos doce cuentos arrastran e hipnotizan a los lectores, no sé si para hacerlos más conscientes o para vulnerar sus pensamientos y que estos provoquen -al menos- indignación.
En sus obras de ríos contaminados, calles corrompidas, niños asesinados, los hechos registran en profundidad el horror de lo común, lo conocido. Cuando lees a Mariana, no olvidarás sus historias, y no olvidarás el por qué la condición humana nos vuelca a las paradojas de la vida. Lo cotidiano hecho pesadilla.
Esos síntomas -elegidos por Mariana Enriquez- como celos, desamor, magia negra, drogas, superstición, o edificios encantados y abandonados forman parte de una trama totalmente verosímil.
Con este pretexto de “Las cosas que perdimos en el fuego” deseo leerles un párrafo de una de sus historias. “Le recodé a Celina, una compañera de colegio –un poco más grande que nosotras- que había muerto después de su cuarto aborto, desangrada en la calle, cuando intentaba llegar al hospital. Eran ilegales los abortos y las mujeres que los hacían enseguida arrojaban a las chicas a la calle; en los consultorios había perros, decían que los animales se comían los fetos para no dejar rastros”.
A propósito de la despenalización del aborto el día de ayer, con la que podemos estar o no de acuerdo, la realidad es que miles de mujeres tenían que recurrir a lugares clandestinos para practicarse un aborto, algunos representados muy bien en el cuento de Mariana Enriquez.
Las razones muy personales de cada mujer que alguna vez tomó esta decisión en su vida no puede, ni debe juzgarse; la realidad está ahí, millones de ellas sometidas a la carga psicológica, social y económica que ya han dejado mucho sufrimiento y frustración en lo más profundo de sus almas; por esas mujeres a las que les enseñaron a escuchar las voces de los otros, no las de ellas, habrá un pace. Con toda esperanza y de todo corazón espero que este nuevo marco jurídico sea abrazado con responsabilidad, sin culpas, sobre todo, esperando que sea lo mejor para la sociedad, si no, el tiempo lo dirá.
Comentarios: @marumora7












