No las manos sino las manos que articulan del amor la forma de su vientre y el orgullo de su festiva emoción.
Como la felicidad hace volutas que dispersan cuerpos celestes en configuraciones que revelan el sentido de los sueños aún en suspenso así vi jugar esas manos abstemias en el nervioso ambiente de una noche que espera revele sus secretos y acariciarlos tan largamente como el viento que reposa entre la yerba.
No las manos, simplemente esas manos.
La definición del aire como el artilugio del éxtasis. Los movimientos del ser que perfilan el ideal de mujer y de la humanidad que idealiza, enamora, ilusiona si es arquetipo.
Ya no es el paralizante despertar que hace relucir de la piel su áspero asombro sino esa causa entregada en hacer nudos de piel arreada y sumisa a la creatividad de la voluntad sin voluntad.
Tampoco el inicio que acompaña las palabras enredadas entre puntos y comas pero franqueadas por una rectitud de omportamiento que con destreza mueve el universo entre apretones y ademanes siempre soberbios e inquietantes.
Mucho menos el final que puede decirse en el abrazo que apresura su cauda y eleva sus confines a un cielo apenas discreto que convierte toda abnegación en inclinación al abuso desmedido e impío de unas voraces manos que destejen la realidad y desnudan el duro de cosas y márgenes corporales.
No las manos, los vértices de estrellas, confines de claro del bosque, centros como templos donde la veneración emociona ángeles y querubines.
Esas manos, el sitial del tiempo, la melodía del abrazo, tono somnífero de sol, la mar violenta y agitada, la espuela del cielo que describe del sexo y de su agonía toda manera de ser y amar entre manos.
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