Los procesos sociales de cambio no obedecen a decreto o designio sino que se incuban y emergen en y por el tiempo y aparecen auspiciados por una cultura que se fortalece merced a la vigencia de instituciones que le dan realidad y prácticas que le confieren eficacia. En esta medida, declarar en México desterrada la era neoliberal por el presidente López, no deja de ser tonada discursiva.

A un año de que el movimiento que llevó al poder a López Obrador triunfara en las elecciones presidenciales, las acciones que se han efectuado desde el gobierno de la “cuarta transformación” tienen una connotación neoliberal, aunque se diga otra cosa.

La estructura, presupuesto, forma de operar e intención de los programas de bienestar de la “cuarta transformación”, que se dirigen desde la propia oficina presidencial y cuyos beneficios se entregan directamente a la población, bajo la consigna que provienen del presidente López, no desdicen sino demuestran la manera en que las entidades neoliberales subsisten en y desde la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (entre otras) a través de la operación de un gasto público centralizado y pautado por élites políticas subsistentes.

Como lo ha apuntado Fernando Escalante Gonzalbo (Historia mínima del neoliberalismo) el neoliberalismo sí existe, es identificable y tiene historia, no es una invención, pues es un programa intelectual, un conjunto de ideas acerca de la sociedad, la economía, el derecho y es, además, un programa político que deriva de esas ideas.

Por el impacto que ostenta, el neoliberalismo es usado como adjetivo (como lo emplea el presidente López) para descalificar, con intención derogatoria, medidas de política económica, acciones políticas, educativas, culturales, entre otras, con lo que el concepto pierde identidad pues se le da un significado laxo y tendencioso. No por ello, la “práctica neoliberal” cesa.

De ahí ese lenguaje presidencial que asimila “neoliberal” a “corrupción”, “pillaje”, “antipopular”, “entreguista”, lo que le daría el paso legítimo para hablar de la construcción de un proyecto de carácter diferente, una “política posneoliberal”.

Sin embargo, más allá de ese discurso y de su origen maniqueo presidencialista, en los hechos se actúa de manera neoliberal: están los recortes de una supuesta “austeridad republicana”, el objetivo de lograr un superávit primario, la defensa de los equilibrios macroeconómicos, la autonomía del Banco de México, entre muchos ejemplos más.

El problema del gobierno de la “cuarta transformación” es que no hay ideas, un programa intelectual de peso que se oponga al del neoliberalismo, en su rica y variada historia; tampoco existe un programa político que sustituya de manera constructiva a las instituciones neoliberales, ni en los aspectos jurídicos ni es los elementos económicos, educativos o culturales; no existe tampoco un proyecto de Estado, que sustituya las bases del que operó desde finales de la década de los años ochenta del siglo pasado en México, y sigue sin existir el imperio de la ley, la seguridad pública, la persecución auténtica de los delitos y aplicación de la ley, la eficiencia económica o el impulso desde el gobierno al mercado y a la producción.

Muy por el contrario, lo que existe es una élite en el poder, un movimiento devenido de “izquierda”, un nuevo escenario autocrático desprendido de la tradición de las élites políticas mexicanas, de origen priista que, sin programa de gobierno ni visión de cambio, anuncia el término de la era del neoliberalismo en la esfera simbólica, como momento de inserción ideológica, para aprovecharse de sus instituciones en el ámbito real, de sus reglas, esquemas de operación y mecanismos de política económica.

Además, a partir de esta estructura neoliberal, darles un trato político distinto: propagar una nueva idea de lo que es ser mexicano (según el discurso del presidente López, lo que sería pertenecer al “pueblo bueno” lejos de los neoliberales de cualquier tipo) y ajustar a esa idea todo un conjunto de acciones de propaganda electoral desde el gobierno, mediante programas de bienestar que se conciben, reparten y evalúan sin mediación de municipios o gobiernos estatales ni dependencias federales y en una relación directa entre el presidente y el beneficiario.

Más que una política posneoliberal, lo que se observa es un neoliberalismo reeditado, un neoliberalismo con uso político distinto, un esquema de ideas y sistemas institucionales envuelto en un nuevo ciclo político, una nueva relación entre Estado y mercado, un movimiento ideológico y simbólico que busca llevar a las nuevas élites hacia los rincones aún en manos de fuerzas opositoras. El peligro es que la democracia se queda sin interlocutores, sin pesos y contrapesos, sin equilibrios, sin crítica y opinión pública que hagan gobernabilidad y exista esa gobernanza que el país requiere para salir adelante.