La contradicción inmanente, el uso de la mentira y la falsedad, la provocación y el denuesto, así como la actuación de una clara conciencia de ignorancia presidencial, son herramientas que no han logrado colmar el nivel de garantías que la población requiere para seguir otorgando confianza al gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Los millones de personas que votaron por el gobierno federal actual le concedieron un amplio margen de confianza inicial que, posteriormente, debería irse traduciendo en señales de identidad de una fórmula asequible al nivel de confianza mostrado. Sin embargo, ello no ha ocurrido. Se ha gastado mucho y sin resultados.

La pregunta es ¿hasta dónde le alcanzará el crédito de confianza social conferido al actual gobierno del presidente López, cuando éste se ha dedicado a gastar de una manera indiscriminada, cometiendo errores, desafiando alianzas, promoviendo lo que dice atacar, ideologizando en vez de evidenciar, sin efectuar abonos que lo respalden, afiancen y, es más, lo amplíen y mantengan en el tiempo?

Quienes votaron por este gobierno en la pasada elección constitucional, así como la población en general que se mantiene alerta y a la expectativa, requieren estímulos, evidencia, garantías de un gobierno que se identificó y mostró su sendero en el proyecto de una “cuarta transformación” que hasta ahora es sólo slogan: un producto ofrecido comprado por mucha gente, basado en la ignorancia de gobernante y gobernado, que no contiene apenas nada de lo que perfiló que contendría.

En este déficit de oferta pública la gente requiere y pide resultados concretos: que crezca la economía, que aumenten los salarios, que detengan y metan a la cárcel a los corruptos, que deje de haber muertes y se detenga la violencia y la inseguridad. Pero la respuesta presidencial es reiterada: una cerrazón a ver y tratar de entender la realidad, la complejidad de los problemas que tiene enfrente y, sobre todo, la negativa a definir, perfilar y programar respuestas que en verdad parezcan propuestas sensatas.

El despido de personal de las dependencias y entidades federales, el anuncio de que el gobierno federal se convertirá de nuevo en empresario y constructor de refinerías (faltando al principio de la separación entre economía y gobierno que tanto pregona y anotó en el plan nacional de desarrollo), las declaraciones de que la economía marcha “requetebién” cuando existen avisos de su desaceleración, son elementos que no abonan al crédito social de confianza sino que lo acribillan.

Una confianza social despostillada, lastimada, herida y sin camino seguro ni expectativas favorables inmediatas que la levanten merced a garantías legales, acciones de seguridad, eficacia gubernativa, sentido de planeación, propuestas de gobierno claras, eficientes, creíbles y medibles, parece abrirse y gestar horizontes de posibilidad más inestables, desgastando la identidad del proyecto que se busca encabezar y debilitando sus confines.

Al gobierno de Andrés Manuel López le ha sobrado ira discursiva y le ha faltado capacidad de gobierno, diseño de soluciones, imaginación creativa, innovación gubernativa. Se ha quedado en la mediocridad del dicho y se ha olvidado de la realidad del hacer, mostrar, poner en evidencia, transformar en verdad.

Los escasos “resultados” no hacen sino confirmar su falta de creatividad e incapacidad de mostrar un cuerpo de talento público que produzca políticas públicas y las ponga en funcionamiento mediante operación eficaz. Los mejores “resultados” no dejan de tener sabor amargo: “avances” en el reparto público y electorero del gasto gubernamental bajo los denominados “programas sociales” para asegurar de alguna manera lo que no puede garantizar mediante un gobierno de resultados. En tanto, la inversión pública productiva, la que cuenta, la que promueve el desarrollo, el crecimiento y el empleo, brillan por su ausencia, lo que de paso merma la confianza de las inversiones privadas que se niegan a efectuarse.

Y por supuesto cualquier exigencia de un gobierno de resultados será tildada por este gobierno de la “cuarta transformación” como un dislate neoliberal. Sólo que este disparate es el que garantiza fundamento a una confianza que está desgastada y despostillada. Apostarle al júbilo mediático del engaño y el autoengaño podrá quizá sostenerla un tiempo, pero ¿cuánto?