Hace algunos días, se hizo de conocimiento público las reuniones, en distintos niveles, de varias personalidades, comentaristas, reporteros e “influencers” (neologismo que se refiere a personas cuya actividad consiste en utilizar las redes sociales para dirigir artificialmente la opinión pública o bien dar esa sensación en las redes sociales) de la derecha para la conformación de una dirección común en los ataques hacia Morena y la izquierda (aun la más liberal) en general en México (movimientos sociales, sindicatos, indígenas, activistas políticos, asociaciones de abogadas y abogados de derechos humanos, grupos feministas así como sus principales exigencias).

La conformación de un “frente único” por parte de la oposición es, desde luego, una posibilidad no solo real sino en ocasiones deseable en una democracia, especialmente si se da el caso, como en nuestro país, del triunfo abrumador y mayoritario de un partido. El acercar posturas y apoyar mutuamente propuestas es, en ocasiones, la única manera en que puede lograrse un contrapeso adecuado para evitar una mayoría que pueda establecer cambios jurídicos y políticos mucho mayores que aquellas que los votantes han elegido.

A pesar de ello, esto no puede significar bajo ninguna circunstancia, que la oposición pueda realizar de forma legítima cualquier tipo de actividad o esgrimir cualquier argumento para hacer su labor. Como ha trascendido, uno de los acuerdos a los que se ha llegado en estas reuniones, es que se realizarán ataques personales en contra de quienes conforman elementos visibles dentro de los grupos y partidos que se asumen “de izquierda”, así como que se buscará mal interpretar e incluso, si es necesario mentir, para despertar el enojo social en contra de ellos. Ningún de estas actividades están en concordancia con un estado democrático de derecho, como el que con urgencia necesitamos y como hemos demostrado, merecemos en México. Se trata de la aceptación de la mentira, el engaño y el aprovechamiento, de quienes históricamente, han mentido, engañado y aprovechado de nuestro país, para recuperar sus privilegios.

Algunos episodios recientes han intentado, creo que sin mucho éxito, levantar la indignación de las personas en contra de Morena por los supuestos gastos de las personas que militan en dicho partido. Así, se “demuestra” que Gerardo Fernández Noroña utiliza las salas Premium de un aeropuerto, come en restaurantes o utiliza una camioneta; se “denuncia” que Andrés Manuel lleva a su hijo a un hospital privado y se “filtra” que uno de sus asesores realiza una boda suntuosa en la ciudad de Puebla.

Al mismo tiempo que se realizan estas acciones, cientos de personas, incluso algunas que pertenecen al espacio público reclaman de forma airada que Morena sea igual que los demás partidos y anuncian su supuesta “decepción” por la “cuarta transformación” renombrándola como “transformación de cuarta”. Una cosa en común que tiene la gran mayoría de quienes hacen eso, es que se trata de las mismas personas que durante toda la campaña dijeron que estaban en contra de Morena y que indicaban que las políticas de ese partido (sin nunca explicarlas de forma detallada, pues se trataba más de un odio clasista o visceral que una verdadera reticencia a las propuestas concretas) eran inadecuadas para el país. Es decir, las personas que nunca apoyaron a Morena,

ahora “se decepcionan” de Morena para hacer sentir a la gente que en realidad, si se trata de una salida masiva producida por el desencanto de ver que “todos son iguales”.

No obstante, como ha podido verse en los primeros días de integración del nuevo Congreso, las cosas están cambiando de forma apresurada en el gobierno. Aun sin que el presidente electo haya tomado posesión del cargo, se ha reducido de manera drástica el gasto público y se han eliminado los privilegios existentes en ambas cámaras. Esto generó, por supuesto, una oleada de renuncias de parte de funcionarios que asumen no sólo que merecen estos privilegios, sino que estos deben ser pagados por el estado, una actitud no sólo común, sino incluso mayoritaria en la visión de quienes sostienen la tesis del “todos son iguales” desde la mentira y el engaño.

A través de distintos medios de comunicación, estos días se ha atacado a funcionarios y simpatizantes de Morena. Con ello, se pretende hacer ver que el gasto personal de alguien que decide, con su propio dinero, comprar un bien o pagar un servicio, es equivalente a quien, usando el dinero público, hace lo mismo. Esto tiene dos intenciones; por un lado, presentar la idea totalmente falsa, de que no es posible ganar dinero si no es dentro del gobierno; por otro, asegurar de manera totalmente tramposa, que la izquierda quiere que todos seamos (y vivamos) como “pobres”.

Ambas ideas pueden ser conceptualizadas bajo el término pobrismo. La idea de que algunas personas, encuentran en la pobreza un bien moral ideal para ser repetido en la comunidad. De esta forma, la frase “no permitiremos que funcionarios utilicen dinero público para obtener bienes de uso personal” se convierte en “no queremos que los funcionarios tengan bienes de uso personal”; la frase, totalmente irreprochable que dice “nadie se hará rico a costa del estado” se reduce a “nadie se hará rico” y “los funcionarios no contarán con servicios privados de salud pagados por el estado” se vuelve “los funcionarios no contarán con servicios de salud privados”.

El pobrismo pretende confundir a la gente diciendo que “la izquierda” no quiere que haya nadie que tenga dinero y que todos debemos vivir de manera pobre. Después, asegura, con una cortedad de miras apabullante, que la izquierda pretende que todas y todos vivamos con carencias. Cualquier uso que las personas tengan de sus propios recursos es atacado como “hipocresía” y por lo tanto descalificado, para intentar “demostrar” que la forma de vida de la derecha es la única adecuada para la sociedad y lo que todo mundo desea.

Contra esta pobreza intelectual de la derecha, el argumento de la izquierda debe ser claro y contundente: la lucha por un mundo más justo para todas y todos, NO pasa por la eliminación de bienes y servicios, sino por la eliminación de los privilegios. El avance tecnológico permite, en este momento, que todos los seres humanos gozáramos de un teléfono celular inteligente, pero en cambio, la política económica establece que resulta necesario que unos cuantos mueran de hambre para que el valor social de quien usa un celular, sea incluso mayor en comparación. La forma de distribución que hace necesario (no sólo “permite”) que nuestro nuevo computador sea pagado por niños en situación de esclavitud, recibe entonces el nombre de “libre mercado”, como si la cooptación, por parte de un grupo específico, de la producción y distribución de bienes y servicios, fuera la única forma en que la “libertad” en realidad existe.

Al mismo tiempo que hace esto, se establece que quien desde la izquierda hace uso de bienes y servicios en las condiciones actuales, está siendo hipócrita. De nueva cuenta, se asume que si se

desea vivir con condiciones adecuadas, la única respuesta posible es ser de derecha, pues pertenecer a la izquierda requiere no usar zapatos, no tener una casa propia y, por supuesto, no tener un trabajo o un negocio propio. Esto lleva entonces a lo que algunos han llamado el surgimiento del “pobre de derecha”, que si bien sabe perfectamente que es explotado y que su explotación sirve para que otros y no él viva mejor, ha interiorizado la idea de que ser de izquierda es rechazar la posibilidad de vivir mejor, para todos.

El pobrismo es una muestra clara de indignidad no sólo argumentativa y política, sino especialmente, ética. Es pensar que el término riqueza tiene un solo sentido y asumir que el disfrute de una vida buena requiere necesariamente que otros sean privados del mismo derecho. Es la búsqueda perpetua de convertir lo que debe ser la normalidad absoluta para todos, en un privilegio para unos cuantos. Es, finalmente, una muestra clara de las intenciones de la derecha: que el mundo sea mundo para algunos, aunque para serlo tenga que volverse un infierno para el resto.

Contra estas ideas, la izquierda busca, en el corto plazo, la salida democrática: límites institucionales, no usar el dinero del estado para cuestiones personales, libertad de las personas para el uso de sus propios recursos y sobre todo, que todos podamos luchar y soñar por vivir bien, antes que todos luchemos para que los demás vivan mal. Criticando lo que llaman hipocresía, piden exactamente eso: que la izquierda sea hipócrita para entonces atacarles bajo sus propios principios morales.

Sin abusos ni privilegios, la gente reconoce la diferencia en los actos. En un país donde desfalcar un estado y llevarlo a la crisis más grande de su historia en términos de seguridad, como lo ha hecho Javier Duarte en Veracruz, tiene el mismo castigo que cazar dos conejos y comerlos por hambre, la gente no se deja engañar por los intentos de los adalides del caos. Gastar dinero privado no es igual que gastar dinero público. Luchar por un mejor mañana para México, no significa buscar activamente tener un hoy peor para alguien. El pobrismo de la derecha, no es sino un reflejo de su pobreza.

PD: Hoy se cumplen cincuenta años de la matanza de Tlatelolco, México, el 2 de octubre de 1968. En vísperas de los Juegos Olímpicos que se celebraron en el país, el Estado decidió realizar una represión no solo violenta, sino mortal, en contra de las y los estudiantes, profesores, obreros, amas de casa, médicos e incluso funcionarios que procuraban de manera activa mejorar las condiciones de vida del país y transformar su realidad política.

Un evento que ha marcado la construcción de ciudadanía no sólo de nuestro país, sino de la región latinoamericana, es, sin embargo, muy ampliamente ignorado fuera de este contexto. Hace dos años, en una de las últimas clases que cursé en el Doctorado en Derechos Humanos del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra (sin duda alguna, uno de los centros más críticos de Europa), me vi sorprendido con la noticia de que hablaríamos sobre “los eventos sucedidos en México durante los juegos olímpicos”. Al observar la lectura para la clase, pude percatarme de que se referían a la protesta realizada durante las premiaciones, de los miembros de las Panteras Negras por la lucha de los derechos civiles en Estados Unidos. En ellos, no había una sola mención de la masacre del 68, ni mis compañeros conocían la historia. Cuando platiqué con mis amigos de los otros doctorados (Democracia y ciudadanía, así como Estudios Poscoloniales) nadie salvo los latinoamericanos y una persona, especializada en movimientos sociales de América Latina, conocía el hecho.

Esto tiene, claramente, una connotación imperialista: los problemas del mundo son los problemas de la metrópoli y los problemas de los países que han sido colocados como secundarios, son en esencia, problemas locales que deben ser resueltos en los límites de existencia de los mismos. Pero al mismo tiempo, habla del silencio que en nuestra vida cotidiana tenemos al respecto. Para hacer visible el terror al que nos enfrentamos, desde entonces, aún ahora, es necesario nombrarlo, hacerlo visible y actuar contra él en consecuencia. Por eso, aplaudo la iniciativa de la Ciudad de México para retirar las placas conmemorativas que tengan los nombres de los responsables del inicio de la guerra sucia y el genocidio no reconocido que sufrió México durante esos años. Por eso, pregunto cuándo haremos lo mismo, en nuestras calles, en nuestras escuelas y en nuestra propia memoria.

Ni perdón, ni olvido. Por un México donde nunca muera un estudiante más a manos del Estado y sus funcionarios.

Sergio Martín Tapia Argüello.

Twitter: @parin75