El fuego, purificador último y destructor universal, es al mismo tiempo, la fuente primigenia de la vida en nuestra tierra. Al paso implacable de las llamas, le sigue, después del caos, una renovada energía vital que cubre todo aquello que ha tocado. Su papel, maligno y terrible, se ve siempre recompensado por la constitución de un mundo nuevo detrás que le persigue.

El Cem Anáhuac, Nuestra América, se incendia. El fuego surge de la irresponsabilidad criminal de quienes se han asumido, a través de la violencia, como administradores de la res pública. En ocasiones, tiene una dimensión física, dolorosa, brutal, como ha sucedido en el caso del golpista Temer y sus planes de austeridad, que costaron al Brasil, al continente y a la humanidad entera, cientos de miles de años de objetos históricos, dos siglos de trabajos historiográficos, antropológicos, arqueológicos, culturales y algunas maravillas irrepetibles de la historia humana.

El incendio, ocurrido esta semana, del Museo Nacional del Brasil, ubicado en la ciudad de Río de Janeiro, es una muestra clara de que la austeridad, más allá de ser una decisión política concreta (pues los recursos son siempre limitados, pero los recortes se seleccionan basándose en criterios específicos) son una política encaminada a la muerte y a la destrucción. Cerrado el año pasado por dos semanas por no contar con recursos para su funcionamiento, el museo más importante del Brasil no disponía de medidas mínimas de seguridad contra el fuego, no tenía resguardos adecuados para las obras más importantes y se había convertido en una bodega improvisada y poco organizada debido a la decisión del gobierno golpista de disminuir los recursos en educación y cultura y congelar los gastos públicos para los siguiente veinte años. El absurdo más brutal es que a pesar de que los bomberos arribaron a tiempo para detener el pequeño fuego que inició en la noche y que muchas personas de la Universidad auxiliaron a mover los objetos más delicados a las zonas más alejadas posibles, el fuego consumió totalmente el edificio porque el inmueble no tenía agua (pues no había podido pagarla) ni contaba con tomas adecuadas para las bombas (que estaban planificadas, pero se cancelaron).

A veces, el fuego no alcanza el mundo físico, sino que le basta con quemar los sueños y esperanzas de sociedades enteras. Mauricio Macri, Gerente General de la República Argentina, S.A. de C.V., arribó a la presidencia gracias a dos ideas, repetidas como mantra por la comentocracia en turno: que su equipo económico era infinitamente mejor que el del peronismo/kichnerismo y lograría sacar al país de lo que él llamaba el peor estancamiento desde la gran crisis así como que se trataba de gente más honesta y preparada en todos los sentidos.

Negando la posibilidad de una quiebra total de las acciones, invitó nuevamente al viejo amo a sentarse en la mesa, liberó todo aquello a lo que sabiamente se le había puesto correa y mudo radicalmente los principios que se habían seguido durante años. Al fin, después de algún tiempo, ha logrado por fin lo que prometió, aunque no en el sentido que el argentino de la calle lo añoraba: la Argentina está al borde de una crisis económica sin paralelo en este siglo; con una devaluación rampante y el fantasma de la hiperinflación rondando por la puerta del Fondo Monetario. Macri ha movido a la Argentina y en ese terremoto, ha incendiado, con sus acciones, los ahorros, los sueños, las pensiones, la economía de millones de personas, para salir en televisión, con fósforos y bidón en mano, a intentar escurrir el bulto a las administraciones pasadas y prometiendo, esta vez sí, transformar el sistema educativo, las condiciones laborales y el gasto público. No es amenaza lo que sale de esa sonrisa, a pesar de que indique que tiene que calmarse para no hacer mucho daño, sino el movimiento proyectado.

Finalmente, en ocasiones, el fuego alcanza a la gente. En México, la tierra donde “la vida no vale nada”, se han llevado a cientos, a miles, a cuarenta y tres y muchos otros; el fuego se lleva mujeres y niñas en Estado de México, en Puebla, en Juárez, en Veracruz, a jóvenes en Acapulco, en Tamaulipas, a inocentes en Acatlán, a indígenas en el sur de Chiapas, a activistas en la frontera, a cansados trabajadores y estudiantes en los camiones de la Ciudad de México, a turistas en las carreteras. Todo aquel que camina por la calle, es un fósforo en potencia, bajo la mirada displicente del soberano en turno. En la noche más oscura, las estrellas aun permanecen invisibles, ocultas por los cientos de destellos que surgen por los individuales incendios alrededor nuestro.

Pero como he dicho, el fuego, con ese poder destructor, tiene en sí mismo a su peor enemigo: porque al hacer arder el mundo, nuestros sueños, a nosotros mismos, los poderosos prenden también la chispa de la rebeldía que habita, oculta, escondida detrás de la monotonía, de las urgencias cotidianas y las prisas, en nuestras humedecidas almas. Arde el fuego de la rebeldía en el corazón de las mujeres, de los jóvenes, de los ancianos del mundo y se une a las llamas de indignación que recorren nuestra sociedad tanto tiempo silenciada por el muro de indiferencia y hartazgo. A su paso, queman todo lo que encuentran: instituciones caducas, héroes de papel e ídolos de barro. La vida resurge del fuego.

Las calles de Brasil se llenan de personas que luchan por un mejor futuro. Los juzgados intentan apagar las llamas provocando incendios controlados; los locos se acuchillan a si mismos para escapar del fuego del olvido. Pero la gente, encendidas las almas y los corazones, sigue adelante. En Argentina, las mujeres danzan ante las llamas en la búsqueda de ser, finalmente, reconocidas como personas; el fuego se torna verde mientras millones siguen sus pasos alrededor del mundo. El pueblo toma nuevamente las antorchas. En México, como si se tratara de una chispa en el más seco de los parajes, treinta millones de personas incendian con sus voces el silencio. Una marea de fuego arrasa los corazones de millones que luchan y trabajan y las universidades se vuelven faros para domeñar las llamas.

Así, el fuego se ha convertido en una luz que nos permite ver el camino andado; que nos ayuda a soñar con un mejor mañana. De las cenizas de estos grandes incendios, surge, diminuto, visible apenas, lentamente, un débil y minúsculo tallo de esperanza. Con el calor de nuestras manos, le damos vida, protegiéndola de los cada vez más débiles, más desesperados, más brutales y terribles intentos de iniciar nuevamente el fuego por parte de los poderosos. Y es que cuando no ha quedado ya más nada; cuando todo ha sido presa del incendio de su cobardía, cuando parece que no poseemos ya más nada, descubren con terror que mantenemos la dignidad intacta. Ha sido un error de cálculo terrible; como carecen de ella, no podían saber que la dignidad no se quema; al contacto con su fuego, tan sólo arde.

Dejemos que arda.

Sergio Martín Tapia Argüello, desde la tierra de los incendios.