Aprendamos a ver lo que no está bien.

Las relaciones personales logran afectarnos a más niveles que solo el emocional, eso ha quedado comprobado con muchísimos estudios. Algunos de los cambios que provocan en uno mismo van desde mejorar nuestra circulación, enriquecer las bacterias bucales (por besarse), permitirnos absorber mejor las vitaminas y nutrientes, hasta lo más evidente: el estado de ánimo, pues cambia de manera positiva y provoca que tengamos mejores relaciones en general, pero, ¿pasa lo inverso con una relación tóxica? Pues sí.

El tener una relación tóxica nos afecta perjudicialmente: disminuyen nuestras defensas, tenemos problemas de aprendizaje, nos estresamos con facilidad y esto deriva en muchísimos problemas, ya que el estrés constante tiene efectos en el cuerpo como cansancio, dolores de cabeza, diarrea, insomnio e incluso pérdida o subida de peso.

Ahora bien, ¿cómo poder identificar una relación “tóxica”? En realidad es muy sencillo: alejarte de tus seres queridos es la señal más obvia; dejar de hacer actividades que te gustan para hacer las que a tu pareja le agradan, privarte de cosas o lugares para beneficiar al otro también son alertas; por otra parte, discutir es sano siempre y cuando se logren acuerdos que beneficien a ambos, pero hacerlo con frecuencia no es un buen signo; por último, todos sabemos que las agresiones no son normales, así que recibir gritos, amenazas o hasta golpes son una clara señal de que la relación debe tomar otro curso.

Hablar con terceros, pedir asistencia psicológica o incluso poner una pausa para poder definir qué es lo que realmente se quiere es lo más recomendable.

En una relación de cualquier tipo siempre debe haber respeto, amor, tolerancia, y paciencia, no pienses que el abuso es normal, no te repitas “ninguna relación es perfecta”, busca ayuda, cuídate, quiérete.