En estos días hemos sabido, gracias al análisis de los datos sobre violencia criminal en el país, que este inicio de año representa, aún ahora, el periodo más violento de la historia de nuestro país.

Como reacción a esta afirmación, que considero innegable en todo sentido, muchas y muchos camaradas de izquierda intentan, sin mucho éxito, decir que no se puede achacar a AMLO la inseguridad que estamos viviendo en el país, como tampoco se puede culpar a EPN o a FeCal por lo sucedido en sus respectivos sexenios.

Creo que esa visión es excesivamente simplista y que resulta cómoda, pero es profundamente peligrosa, no solo porque elimina toda forma de responsabilidad gubernamental, sino porque naturaliza la violencia como un fenómeno externo, ajeno a la realidad política y social del país y oculta los procesos que han generado este problema, el más grave que sufrimos en la actualidad.

Existen múltiples estudios que muestran con claridad que la violencia (medida por homicidios) tenía una tendencia decreciente desde 1992 hasta el arribo de Felipe Calderón (el mejor ejemplo, me parece, por facilidad y contundencia, es el trabajo de Fernando Escalante «La muerte tiene permiso» que analiza este fenómeno en 2011. Link: https://www.nexos.com.mx/?p=14089.

En el año 2008, que es, como muchos recordarán, el momento en que la administración panista inicia la «guerra contra el narco«, se acaba, de una manera dramática, con 16 años de disminución constante para hacer una escalada que sale de toda lógica social de largo alcance. No hay una explicación que permita identificar procesos sociales que quiten responsabilidad a esa administración: se trató de un desastre total y absoluto, pero propio. Para decirlo con claridad, los muertos de ese sexenio, del primero al último, son los muertos de Calderón.

La guerra contra el narco, como estrategia de seguridad, y política pública fue un fracaso. A pesar de ello, logró un éxito gigantesco en las que considero, eran sus intenciones principales: como medio de control social y legitimación de la fuerza pública. Se trató, por decirlo en los términos de Klein, de una estrategia de shock que permitió primero a Calderón y posteriormente, a Peña Nieto, modificaciones de otra manera imposibles a régimen jurídico político y les otorgó la excusa perfecta para cualquier problema que se presentara, desde los relacionados con infraestructura, hasta el aumento de delitos (llegando incluso a justificarse, por parte de las autoridades, presidente incluido, el homicidio de estudiantes, trabajadores, amas de casa y cualquier persona, por “estar relacionados con el narco”).

La elección de Peña Nieto sin duda alguna se debió, entre otros factores a la idea, repetida hasta el cansancio, de que su partido sabía controlar este tipo de situaciones. Todos escuchamos a gente, tanto políticos profesionales, como ciudadanos, utilizar el mantra de las posibilidades pactistas del Revolucionario Institucional para calmar las aguas. Esto, como sabemos, no se dio así. La forma originada por Calderón como estrategia legitimadora se continuó en ese sexenio y con ello, la tendencia continuó con un aumento de la violencia.

Debido a ello, me parece que «los muertos de Peña» no pueden ser observados con el mismo rasero que con Calderón. La violencia desatada por este fue, lo sabemos todos, una bestia de proporciones catastróficas. Salvo los países en guerra o destruidos por fenómenos naturales, no he visto nunca una transformación social, política, cultural e incluso moral, tan grande, como la que se dio en esos funestos 6 años de Calderonato. La escalada de violencia resultó en un proceso complicado a niveles insospechados de revertir, por lo que resulta normal un aumento en el periodo inicial de la administración de Peña Nieto.

Como pueden ustedes observar, considero que el principal responsable de este problema es la administración panista encabezada por FeCal. A pesar de ello, la continuación de la estrategia de guerra seguida por EPN tiene también, con claridad, una responsabilidad gigantesca. Si el impulso fue provocado por la administración anterior, su profundización es responsabilidad absoluta del gobierno priista que siguió. Uno de los elementos que resultan claramente identificables en este proceso, fue, como sucede comúnmente en los periodos priistas (o cuando el PAN voltea hacia sus personajes, como el caso del Morenovallismo a nivel local) la disminución de las posibilidades institucionales locales para responder adecuadamente a los efectos situados de los procesos de violencia nacional. La eliminación de contrapesos fácticos, el ataque a movimientos sociales, la centralización absoluta del poder público aun a costa de la vida de ciudadanos, genera espacios vacíos de control social. Ello explica, al menos parcialmente, el enorme repunte que tuvieron los grupos de autodefensas en este sexenio (y el desencadenamiento de la violencia cotidiana en Puebla, en nuestro caso).

La elección de 2018 fue un triunfo histórico. Así lo sienten todos, los que están a favor y en contra del gobierno en turno. Lo saben quienes ven el triunfo como suyo y buscan aun, mantener la esperanza en este momento de peligro. Lo saben incluso mejor, los que ven el triunfo como ajeno e intentan, con todas sus fuerzas, acabar con él. Como sea; caiga quien caiga y pierda quien pierda. Porque muchos prefieren antes que mejorar las cosas, que todo se queme, para hacerse dueños de las cenizas.

Este triunfo estuvo, sin embargo, coronado por un nuevo pacto político. La necesaria transformación social del país se dirigiría, ahora sí, por la voluntad popular y las necesidades de la mayoría y no por los deseos rapaces de una pequeña camarilla que se asume dueña del país.

En ese sentido, la transformación de la visión de guerra desarrollada por el calderonato hacia una búsqueda social y multifactorial al problema de la inseguridad, se antojaba no solo posible, sino incluso obligatoria. Las primeras declaraciones sobre los programas sociales (atacados con un odio atroz por parte de quienes quieren ver fracasar todo lo que venga del gobierno) y la despenalización de las drogas, mostraban una senda adecuada.

A pesar de las buenas intenciones, la planeación desarrollada por estas medidas parece no dar resultados en absoluto. Es claro que la violencia de este trimestre, el más violento de la historia de nuestro país, es una continuación de la tendencia originada por Calderón y alimentada por Peña Nieto; pero no existe ningún elemento que nos indique que habrá una transformación en esa tendencia. Parece que nuevamente, hemos perdido la calle, la sonrisa y la esperanza de un mejor mañana (Si tienen tiempo y oportunidad, pueden leer este buen artículo sobre el problema que viene en nuestro futuro inmediato “Instrucciones para no tener otros datos: ¿cómo medir la violencia en 2019?” de Data Civica: https://www.animalpolitico.com/el-foco/instrucciones-para-no-tener-otros-datos-como-medir-la-violencia-en-2019/

El problema no es, como dicen los agoreros del desastre, una «falta de planeación» o de pericia. No es un «error personal» de Andrés Manuel y mucho menos, resultado de la democracia (porque ese es su argumento central: que si dejas que el pueblo tenga lo que quiere, entonces todo va a ir mal. Claro, quien piensa esto, generalmente no se siente «pueblo»). Es por la continuación de una estrategia que se ha mostrado fallida, irresponsable y sobre todo, dirigida a la creación de legitimidad, miedo y control social.

Considero que esta administración no necesita nada de esto. Tiene suficiente legitimidad para llevar a cabo sus proyectos; se fundamenta en una ideología que rechaza el miedo y el control social como elementos centrales de la organización pública y sobre todo, tiene muchas más salidas institucionales que les permitirían un control más fino, más profundo y más duradero.

No puedo, en realidad, adivinar cuáles son las causas de esta continuación. Puede ser la falta de experiencia en puestos clave y la búsqueda de solucionar los problemas urgentes. Podría tratarse de presiones sociales y políticas, tanto dentro como fuera de la administración y el ejército o tan sólo un mal cálculo político. Pero sea lo que sea, si esa estrategia efectivamente se lleva a cabo, sin importar que por alguna razón cualquiera, los homicidios comenzaran a disminuir, tendremos que empezar a hablar de los muertos de AMLO. O, si las tendencias continúan como se muestran hasta ahora, de las muertas.

Eso no es lo que nosotros buscamos. Porque podemos hacer más que ellos. Porque las cosas pueden ser diferentes y por ello hemos luchado tanto.

El problema no es, como dicen los agoreros del desastre, una «falta de planeación» o de pericia. No es un «error personal» de Andrés Manuel y mucho menos, resultado de la democracia (porque ese es su argumento central: que si dejas que el pueblo tenga lo que quiere, entonces todo va a ir mal. Claro, quien piensa esto, generalmente no se siente «pueblo»). Es por la continuación de una estrategia que se ha mostrado fallida, irresponsable y sobre todo, dirigida a la creación de legitimidad, miedo y control social.

Considero que esta administración no necesita nada de esto. Tiene suficiente legitimidad para llevar a cabo sus proyectos; se fundamenta en una ideología que rechaza el miedo y el control social como elementos centrales de la organización pública y sobre todo, tiene muchas más salidas institucionales que les permitirían un control más fino, más profundo y más duradero.

No puedo, en realidad, adivinar cuáles son las causas de esta continuación. Puede ser la falta de experiencia en puestos clave y la búsqueda de solucionar los problemas urgentes. Podría tratarse de presiones sociales y políticas, tanto dentro como fuera de la administración y el ejército o tan sólo un mal cálculo político. Pero sea lo que sea, si esa estrategia efectivamente se lleva a cabo, sin importar que por alguna razón cualquiera, los homicidios comenzaran a disminuir, tendremos que empezar a hablar de los muertos de AMLO. O, si las tendencias continúan como se muestran hasta ahora, de las muertas.

Eso no es lo que nosotros buscamos. Porque podemos hacer más que ellos. Porque las cosas pueden ser diferentes y por ello hemos luchado tanto.

Sergio Martín Tapia Argüello

Twitter: @parin75