El 6 de Agosto de 1945, con el Holocausto de Hiroshima nace la Edad Atómica

Pocos capítulos de la II Guerra Mundial suscitan aún hoy un debate tan intenso entre historiadores, intelectuales y científicos como el lanzamiento de las bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki de principios de agosto de 1945. La discusión se juega a la vez en el terreno de la moral y de la estrategia militar. ¿Fue el primer y único bombardeo con armas nucleares de la Historia realmente necesario para lograr la rendición de Japón?

Antes de que el 6 de agosto el Enola Gay, un bombardero B-29, se dirigiera a la ciudad de Hiroshima, tanto en Japón como en EEUU y en el resto del mundo existía la plena conciencia de que la II Guerra Mundial se encontraba en sus estertores. Alemania e Italia se habían rendido y Japón era incapaz de sostener el acoso de unos EEUU volcados en el frente del Pacífico.

El 26 de julio de 1945, el presidente estadounidense, Harry Truman, y sus aliados habían presentado una declaración conocida como el «ultimátum de Potsdam» en el que amenazaban de «la inevitable y completa destrucción» si el emperador Hiro Hito no se rendía de forma incondicional. Mientras el Gobierno japonés discutía cuáles eran las condiciones aceptables para el imperio del Sol naciente, se rechazó el ultimátum de Truman.

Unos 57 segundos después de que el Enola Gay dejará caer a «Little Boy», una bomba de uranio de 60 kilos de peso y un potencial destructivo de 13 kilotónes, se produjo la primera detonación nuclear de la Historia. La bomba explotó a 600 metros de altura, cerca del centro de Hiroshima, que se convirtió en un enorme cráter de polvo en cuestión de segundos. No existen unas cifras exactas sobre las víctimas que provocó la explosión. Se calcula que unas 80.000 personas murieron de forma inmediata, y que otras 50.000 y 100.000 más fallecieron los días posteriores a causa de las heridas, o en los años siguientes como consecuencia de las radiaciones a las que estuvieron expuestas. Entre las víctimas figuran 11 prisioneros de guerra norteamericanos, un hecho que el Gobierno mantuvo en secreto durante más de 35 años. Hiroshima tenía entre 350.000 y 400.000 habitantes antes de que la bomba convirtiera la mayoría de la ciudad en una masa de escombros.

Con la ocupación de Japón por unos 350.000 norteamericanos se ponía fin a la II Guerra Mundial, pero se iniciaba un debate inconcluido sobre la necesidad y moralidad del bombardeo nuclear. Los defensores de la acción —entre ellos políticos, militares e historiadores como Robert Newman— señalan que permitió salvar la vida de decenas de miles de soldados norteamericanos. La estimación de bajas que habría provocado la invasión de Japón varía en función de la fuente —el presidente Truman habló de entre 250.000 y 1.000.000 hombres; el Estado Mayor, de 370.000 muertos y más de un millón de heridos—. En todo caso, habrían sido muy elevadas, como también lo habrían sido las de civiles y militares japoneses, pues habían recibido la orden de luchar hasta la muerte. Es decir, los defensores sostienen que los bombardeos permitieron salvar vidas.

En el otro lado del debate, se situaron reputados intelectuales como Albert Camus o Albert Einstein, e incluso varios científicos que trabajaron en el Proyecto Manhattan que desarrolló la bomba con James Franck a la cabeza. Denunciaron el bombardeo como un acto «inmoral» y acusaron a quienes lo autorizaron de cometer «crimen contra la Humanidad».

Algunos historiadores, como Howard Zinn, basan sus críticas en el hecho de que el bombardeo no era necesario y que Japón se habría rendido igualmente. Un informe del Departamento de la Guerra realizado en 1946 a partir de entrevistas a funcionarios japoneses parece darles la razón al concluir que «con toda probabilidad Japón se habría rendido antes del 1 de noviembre de 1945 aunque no se hubieran lanzado las bombas». «Si EEUU no hubiera insistido en una rendición incondicional, aceptando la condición de que el emperador permaneciera en el poder, los japoneses habrían aceptado parar la guerra«, sostiene Zinn en su libro «A People’s History of the United States».