En otras circunstancias económicas, en una coyuntura política distinta y en otro gobierno la renuncia del secretario de hacienda Carlos Urzúa hubiera tenido otro significado, quizás en cuanto a su capacidad para conducir la política económica del país, sus nexos personales con el presidente o sus compromisos respecto al carácter de la administración.

Pero más allá de las razones personales expuestas en su texto de renuncia, que el doctor Urzúa decidiera separarse de la “cuarta transformación” implica un duro golpe directo al corazón del actual gobierno, puesto que no se trata de un simple aliado ni de un profesional “hermanado” a la tendencia, sino de un tomador de decisiones experto que vio que su prestigio estaba comprometido y, lo que es peor, que pudo haber sido quien fuese arrastrado por el tránsito actual que vive la economía del país de desaceleración, incluso ya identificado con mayor precisión por el Banco de México.

Desde el plano político, le renuncia a un hombre que tiene bajo su sombra la tilde del autoritarismo y la concentración desmedida de poder personalísimo, de quien no escucha consejo, así como la reciedumbre de quien se cree poseedor de un carisma que no puede ser contradicho o desafiado por nadie, a riesgo de convertirse en enemigo, contrario, “fifí”, “neoliberal”.

La actitud de soberbia y dolor con que se mostró el presidente López después de la renuncia lo dijo todo. No sólo descalificó a quien había presentado con respeto y solvencia moral e intelectual por tener decisión propia, convicciones firmes y valor emocional, sino que colocó en su lugar a un hombre que no necesariamente es compatible ideológicamente con la “cuarta transformación”.

De ahí que la renuncia sea la marcación de una frontera entre seriedad y rigor de un planteamiento gubernamental en materia económica y el fallido intento de diseñar y ejecutar una política pública siguiendo los procesos de la incapacidad y desconocimiento disfrazada de poder, designio histórico y desmedido entusiasmo mesiánico.

Desde que comentamos la publicación del plan nacional de desarrollo, habíamos advertido este doble lenguaje y contradicción inmanente entre una postura de corte “neoliberal”, precisa y clara, y un mazacote tosco y letal de ideas sin la mínima calidad técnica, rigor metodológico, conceptual y prospectivo. Tal dualidad debió reconocerla recientemente el propio presidente López como una causa de la distancia entre su funcionario y él, alejamiento que los llevó a ruptura.

Las cosas sin embargo no se han resuelto. La dualidad descrita prevalece, se mantiene la ausencia de un proyecto de nación y las circunstancias denunciadas por Carlos Urzúa. El nuevo secretario Herrera no es experto en crisis y no hay en la perspectiva de la “cuarta transformación” nada parecido a un plan de contingencias que establezca previsiones en caso de que la desaceleración conlleve el desgaste de los, hasta hoy, niveles de control de las principales variables macroeconómicas. El optimismo ha sustituido, a la fecha, el examen prudente de la realidad, misma que un medio internacional pidió recientemente a Andrés Manuel López no perdiera de vista.

La renuncia debiera implicar un aprendizaje para el presidente López. No puede existir, como él dice, un vino, siempre nuevo, de la realidad y servirse en las botellas viejas de la interpretación ideológica del obnubilado poder personal, que aún no ha logrado convertirse en opción efectiva al neoliberalismo, ni ofrecer a quienes votaron por él el cambio anhelado.