Yo crecí, fui educado y formado, por dos personas increíbles. Cuando llegué a sus vidas, Arturo tenía 72 años; Luz, 62. Recuerdo la energía con que guiaban nuestras vidas, la tenaz resistencia con que se oponían a la desgracia cotidiana y la seguridad que me daba su presencia, a veces física, en otras en mi memoria, para enfrentarme a los problemas de la vida diaria.

Mis abuelos, que fueron para todo efecto práctico, mis padres, eran personas valiosas, cariñosas, respetuosas, responsables. La gente que les conocía tenía siempre buenas palabras sobre ellos y considero que en la medida de sus posibilidades y contradicciones, ellos hacían todo lo que podían por ser buenos. Criarme a mi, cuando no tenían necesidad alguna de hacerlo, da un buen ejemplo de ello.

Vivimos en un mundo que insiste en establecer el valor de una persona en términos eminentemente económicos. Lo que alguien puede dar, lo que alguien puede producir, es la forma en que nuestra sociedad nos mide. Ese proceso nos deshumaniza, nos vuelve de forma constante nada más que una mercancía, un engranaje más en la maquinaria de producción de nuestros días que puede, de esta manera, ser reemplazado cuando ya no sirve.

La derecha, que ve este proceso como algo “natural” y por lo tanto, incuestionable, muestra debido a ello tanto desprecio por aquellos que no producen, que no tienen: los pobres, los enfermos, los niños y los ancianos se vuelven objeto de burla, de mofa, de simple y vulgar reclamo: “dejen de existir, desaparezcan, vuélvanse invisibles y recuerden siempre que nos deben todo” parece el mantra de esta forma de entender el mundo.

Contrario a este proceso constante de deshuamnización, en los intersticios de nuestras actividades nosotros nos descubrimos, en comunidad, como humanos. Amamos a nuestros niños, sentimos empatía por el pobre y procuramos, en la medida de nuestras posibilidades, ayudarlo, curamos al enfermo y aprendemos de nuestros ancianos.

Quienes hemos convivido con otros seres humanos en un ambiente de igualdad y respeto, nos hemos percatado que toda la vida es cambio. Cada uno de nosotros va transformándose lentamente en otra persona a lo largo no ya de los años, sino incluso de un sólo día y esa persona nueva que vamos siendo todo el tiempo, tiene características mutables. Mis abuelos, ciertamente, no podían enseñarme a jugar futboll americano, pero eso no era en absoluto una pérdida; por cada cosa que comenzaba a complicárseles, descubríamos, maravillados, una nueva ventaja aplicable al caso. Como me pasa a mi también, todo el día, todos los días, toda la vida.

El impresentable Javier Lozano ha pagado, con recursos públicos además, debe decirse, un comercial en donde presentaba la equivocada idea de que personas con cierta edad “ya no debían conducir un carro, mucho menos un país”. Hacía referencia, claramente, a la edad del candidato de izquierda Andres Manuel López Obrador (64) aunque podría estar hablando también del demócrata estadounidense Bernie Sanders (76), del senador y ex presidente uruguayo Pepe Mujica (83), de la premier alemana Ángela Merkel (63) o incluso del presidente ruso Vladimir Putin (65). Los candidatos de la última elección gringa, por ejemplo, tienen ya más de setenta años y de acuerdo a Lozano, por ello valen menos. Porque el comercial presentaba, de la forma hipócrita en que suele hacerlo la discriminación, la idea de que había que “cuidar y respetar” a los ancianos, pero lo hacía de una forma piadosa, con conmiseración, con un aire de superioridad sobre ellos que dista mucho de ser una forma humana de relacionarse con cualquiera. Porque esa es la manera en que él entiende las relaciones sociales.

La vida, eterna justiciera, da siempre lecciones para que aprendamos de nuestros errores. Si goza de la suerte que sus acciones le han negado a millones de mexicanos, Lozano el día de mañana, será anciano. Y recordará entonces lo que pensaba. Pero el mundo, estoy seguro porque me esfuerzo junto con muchos otros todos los días para lograrlo. será un lugar distinto y nadie se burlará entonces de su edad sin ser señalado de inmediato como incorrecto, mucho menos, hará un comercial para criticarlo por ello.

Si el debate de anoche nos ha mostrado algo, es que existen muchísimas cosas en verdad relevantes en las que el discurso público debería concentrarse antes de criticar a alguien por la edad. Temas concretos, preguntas que aun no resuelve ningún candidato de forma clara y discusiones sociales relevantes. El intento de Lozano, como las mentiras de Anaya, los chistes de Obrador, las supuestas propuestas del Bronco y la renuncia anunciada de Margarita, intentan reducir el espacio de esta discusión, volver la política un asunto de espectáculo y risa, un carnaval de espantos y emociones que nos tenga, como un reality show pegados de forma pasiva al asiento, antes que interesados verdaderamente (y por ello, de forma activa) por lo que sucede y sucederá en nuestro país. Se nos da la risa fácil, el ataque gratuito, el chascarrillo que se vuelve meme y con ello se nos arrebata la centralidad discursiva, el protagonismo de nuestra necesaria transformación social.

Existen, desde mi perspectiva, tres grandes asuntos que deben observarse a partir del debate. El primero, que me parece el más importante, es lo poco preparados que los cuatro candidatos iban para salir de la esfera de su propia comodidad. Ante un público diferente, con preguntas concretas sobre su región, todos y cada uno llevó nuevamente la discusión al centro, colocando, como históricamente ha sido, sólo de forma tangencial los problemas de cualquier otro sitio que no sea la Ciudad de México. El Bronco, mucho mejor preparado para enfrentar esta problemática, lo hizo a partir de un discurso opositor pero reproductor: el centro para él no es México, sino su tierra, Monterrey, el otro gran polo de atracción de los problemas nacionales y su esfera de influencia: el norte. De la misma forma, ante cuestionamientos concretos, los cuatro se concentraron en generalidades que poco o nada decían para la vida cotidiana de la gente.

Era la reproducción de formas no dialogales de comunicación, que muestra, en los cuatro, aunque no en la misma proporción, la costumbre de hablar, decir y nombrar, antes que escuchar, comprender y aprender. La propuesta, dicha de forma casi accidental del candidato de Morena de desarrollar una descentralización del gobierno federal para mover las distintas secretarías, institutos y órganos a distintas zonas del país, es desde mi perspectiva maravillosa, pero no basta para aliviar los problemas de esa centralización, tanto personal como regional.

El segundo gran tema del debate, es la manera en que la mentira es utilizada de forma impune por los candidatos y principalmente, cómo estas muestran con claridad el talante de sus propios proyectos. Meade, el candidato oficialista utilizó la idea de que Néstora Salgado, candidata al Senado por Morena, era una “delincuente” para atacar a Andrés Manuel López Obrador. Esto, a pesar de que la Organización de las Naciones Unidas reconoció el carácter político del proceso en contra de esa luchadora social, que tres jueces distintos desestimaron las acusaciones y que ni uno sólo de los supuestos testigos (uno de los cuales “dijo” lo que Meade leyó) ratificó sus declaraciones o fueron incluso reconocidos o identificados por alguno de los involucrados en el asunto.

Jose Antonio Meade se muestra así heredero de una tradición, presente en los tres partidos que dirigen el destino del país, que criminaliza cualquier forma de lucha social, que mira en las y los defensores de derechos humanos o incluso en la gente que por sus condiciones inmediatas de vida requiere defenderse de alguna manera, como enemigos “del poder”. Esta palabra, que tiene un alto contenido simbólico, representa en la materialidad de nuestros días ya en ocasiones a los intereses de los grandes capitales, ya a las decisiones de personas concretas o a veces, la supervivencia del “estado”, entendiendo este no como la organización social como conjunto, sino al partido que gobierne en ese momento, sus formas y procesos.

El tres de mayo, en Baja California, el Dr. León Sedov Fierro Reséndiz, catedrático de la Universidad Autónoma de este estado, fue detenido cuando llevaba a su hijo a la secundaria. Después de participar en una manifestación de cuarenta personas, había sido acusado de intento de homicidio en contra de los policías que defendían, a orden expresa del Gobernador Kiko Vega, la utilización del agua por parte de la cervecera Constellation Brands, en detrimento de la sociedad de Rosarito y Mexicali. Debido a la combativa defensa de estas comunidades, la empresa cambió el lugar de su nueva planta a Sonora, lo que seguramente desencadenó estos hechos. En la audiencia de control, celebrada el 8 de mayo, la jueza reclasificó el delito imputado (homicidio) a “lesiones dolosas”, que no es un delito grave. A pesar de ello, no otorgó la libertad condicional de León Fierro debido a que en su percepción, se trata de “un peligro para la sociedad”. Porque de nueva cuenta, “la sociedad” es un referente vacío que a veces significa “mis amigos y yo”, otras “nuestros amos” y en ocasiones “quien yo desee que sea conocido de esa manera”.

El diez de mayo, el Doctor Ernesto Serna García de la Universidad Benito Juárez de Oaxaca, desapareció de su domicilio. Quizá podría tratarse de desaparición más de las miles que la narrativa oficial insiste en colocar como “inexplicables” en nuestro país, de no ser porque se trata del abogado que defendía a los veintitrés miembros de la agrupación Corriente del Pueblo Sol Rojo que fueron detenidos el 7 de junio de 2015 y que se encuentran actualmente en un proceso que, plagado de irregularidades, busca imputarles como terroristas. La desaparición se ha dado justo antes de que Ernesto Serna pudiera presentar una serie de pruebas que, unidas con las múltiples demostraciones de tortura y detención arbitraria que ya se poseían, podrían haber logrado la absolución de estas personas.

En este sentido, la acusación de José Antonio Meade repite un discurso que busca la criminalización de la protesta social, que desprecia a esas inútiles cosas que “estorban” a sus intereses, como los derechos humanos, el debido proceso, la presunción de inocencia o el principio de legalidad; los límites mínimos, debemos decirlo, del supuesto estado de derecho que una democracia (incluso una tan débil y artificial como la nuestra) debe tener. En nuestro estado, esta misma técnica fue utilizada durante los sexenios de Mario Marín (en contra de Lydia Cacho, e.g.) y de Moreno Valle (con la ley bala y la criminalización de todos los asesinados durante el sexenio, quienes eran, de entrada, acusados de pertenecer a la delincuencia organizada o bien culpabilizados por lo que les había sucedido, para evitar toda investigación posterior) y busca repetirse, en estas elecciones con Acción Nacional.

Por su parte, las mentiras, cada vez más obvias de Ricardo Anaya muestran a alguien que no teme pasar por encima de quien sea para obtener lo que quiere. Ante la presentación del candidato de Morena, López Obrador, del número actual de la Revista Proceso, que tiene como portada una foto del matrimonio Anaya que anuncia del reportaje sobre su extraño enriquecimiento, Anaya presentó dos portadas del mismo semanario, que tenían cada una de ellas, a sus opositores. Al hacerlo, sin embargo, Anaya mentía de forma simbólica: una de las revistas, que tenía la imagen de Meade, había sido alterada para borrar la información que le acusaba a él de tener vínculos cuestionables; mientras que la otra, con López Obrador, se refería en términos neutros, a este candidato (lo que como es obvio, no menciona): “Los ricos de López Obrador” es un reportaje sobre empresarios mexicanos, de primer nivel, que han tenido ya acercamientos a este personaje y que le apoyan, pero que temen represalias del sector empresarial y que buscan mantenerse a la sombra para evitar una confrontación directa con el gangsteril Consejo Coordinador Empresarial.

Junto con esta mentira, Anaya deslizó claramente una agenda de gobierno preocupante. Ante el reiterado cuestionamiento sobre el domicilio de su familia (que como es sabido y fue reconocido por él, vive en Atlanta, EUA), Ricardo Anaya llamó tanto a José Antonio Meade como a Andrés Manuel López Obrador “hipócritas” y “traidores” (mintiendo, de paso, el indicar que era falso que su familia viviera allá: podría haber aclarado, si es el caso, que si bien ellos habían radicado allá por decisión familiar, ahora tenían plena intención de vivir en México y que aquí se encontraban ya. Al no hacerlo, actúa como si esta información debiera se escondida). El primero, según dijo, había vivido en Estados Unidos para hacer sus estudios doctorales con una beca del gobierno mexicano, mientras el hijo del segundo había hecho lo propio en una universidad española.

Ante esta acusación (que es al mismo tiempo confesión) resulta necesario preguntarnos ¿Cuál es la diferencia entre la vida de la familia de Anaya en Atlanta y los estudios de Meade y el hijo de López Obrador en el extranjero? La primera, que Meade y Andrés Jr. obtuvieron una beca que si bien se deriva de sus privilegios personales, es resultado igualmente de su esfuerzo para dedicarse a los estudios. La segunda, que la intención de ellos no era “hacer vida” allá, sino estudiar y regresar a México, tal y como lo hicieron, lo que nos lleva, de forma vinculada, a la tercera: las becas otorgadas a estudiantes de excelencia (que somos, en muchos casos, personas privilegiadas, reitero) genera posibilidades para gente que no puede vivir como Anaya y los suyos, para estudiar en el extranjero. Esto no se hace para un simple beneficio personal, pues dichas becas tienen un contrato que establece condiciones de repatriación; no se trata de un “gasto” sino de una inversión: las personas que estudian en el extranjero, pueden de esta manera crecer a nivel personal y en el ideal del programa, al regresar mejorarán las condiciones sociales de nuestro país.

Es innegable que el migrante estudiante tiene privilegios enormes si se le compara con otros tipos de migrantes. Pero tampoco es algo fácil; en nuestro sistema, irte implica, casi siempre, romper con los procesos que habías construido para asegurar un trabajo estable en el futuro inmediato, abandonar tus actividades laborales, dejar a la familia y en muchas ocasiones, romper dinámicas de vida que permiten seguridad cotidiana. Cuando Anaya compara estas condiciones con su decisión, desde el privilegio social, de vivir en Estados Unidos está haciendo una falsa analogía que tiende tanto al pobrismo como a la exclusión social. Para él y su discurso, los pobres deben vivir como pobres, saber que son pobres y que así se van a quedar, mientras que asume la naturaleza de que haya ciertas cosas a las que los ricos y sólo ellos, puedan acceder. Es como la política, desarrollada desde siempre por el PRI y el PAN, que protege al migrante privilegiado, pero olvida al migrante precarizado y al mismo tiempo, le culpa a él de no haberse esforzado “lo suficiente” para lograr un estatus adecuado que le brinde esa protección.

Debido a ello, me preocupa, de forma concreta, la manera en que Ricardo Anaya entiende los estudios en el extranjero. Para él, al parecer, las becas son un lujo comparable con los privilegios otorgados por su forma de vida. Esto no requiere mucho análisis de discurso; al final, coloca a la educación internacional como un gasto, un lujo que debe ser desarrollado de forma personal y no como una política de gobierno y por lo tanto, dirige su mirada a la disminución, o incluso podría pensarse, la supresión de estos programas. La dirección ha sido ya tomada por el actual gobierno y Anaya lo deja muy claro, coincide con esa política concreta.Este ejemplo me lleva, entonces, al tercer punto de relevancia que me ha permitido el debate: la enorme división social que estamos viviendo. Contrario a lo que algunos análisis simplistas pretenden hacer ver, esta no se produce “por las elecciones”, sino que se visibiliza a través de ellas. Las clases privilegiadas están acostumbradas a hablar, a decir, a nombrar sin que haya ningún tipo de contradicción del resto. Los hombres dicen y las mujeres callan; los adultos nombran y los niños aprenden, los blancos mandan y los indígenas obedecen; el rico suspira de tedio y el resto combate con la vida para salir adelante. Interiorizamos estas formas de tal manera, que a la mujer que lo hace visible, se le estigmatiza, que al pobre que se niega a obedecer se le llama revoltoso, que al indígena que no quiere bajar de la calle lo acusamos de sedicioso, que al obrero que se niega a ser obrero, ya de otros, ya de si mismo, se le excluye. El odio del privilegiado se vuelca no en las condiciones sociales de división social (que le benefician), sino contra quien las hace visibles: el chairo, la feminazi, el “huevón que no se pone a trabajar y entiende que el cambio está en uno mismo”. A ese grupo se le unen quienes interiorizando esas condiciones de vida como naturales, buscan emular, aun cuando sea discursivamente, las posibilidades de las que carecen. El aspiracionalismo que se burla de quienes buscan, antes que una mayor tajada del pastel, cambiar el menú completo.
Esta división social no está, como he mencionado, en las elecciones. Somos el segundo país más desigual del mundo, el primer lugar en crímenes de odio por preferencia e identidad sexo genérica, la violencia de género es tan grande aquí, que el término feminicidio se utilizó por primera vez en nuestro contexto y tan racista que no nos reconocemos como tales. Basta mirar alrededor nuestro para observar como lo mejor y lo peor del mundo conviven en una danza macabra en nuestras calles. Silenciar esta realidad, ya sea callando al dominado, ya culpando al proceso electoral, no es sino un mal chiste que perpetúa estas condiciones y genera más encono, más problemas y una cada vez mayor desigualdad.
El texto inicia con mis abuelos, lo inmediato y personal de mi vida, para irse, al parecer, a cuestiones generales. Pero junto con esos momentos felices que viví junto a ellos, tengo aun en la mente malas experiencias: la violencia institucional contra el anciano al que le ponen un consultorio de geriatría en el piso nueve de una clínica en que no funcionan los elevadores; la violencia personal del trabajador precarizado para quien el hombre frente a él, con su oído duro es no una persona, sino una carga que le quita tiempo efectivo para desarrollar sus actividades; la manera en que existe un abandono sistemático por parte del estado, la familia y la sociedad civil de que el anciano es un ser humano que merece respeto, que es digno y valioso por si mismo.
Junto con todos esos recuerdos, guardo otro, como una pequeña esperanza en la caja de Pandora: la voz clara y debilitada de mis dos ancianos, que siendo acusados de violentos, de molestos, de agresivos cada vez que así lo hacían, le recordaban a quien tenían enfrente cada una de estas cosas. Porque el odio y la división no surgía de ellos, porque sus reclamos eran justos y porque me enseñaron a mí a hacer lo mismo cuando así lo considerara correcto.

Este ejemplo me lleva, entonces, al tercer punto de relevancia que me ha permitido el debate: la enorme división social que estamos viviendo. Contrario a lo que algunos análisis simplistas pretenden hacer ver, esta no se produce “por las elecciones”, sino que se visibiliza a través de ellas. Las clases privilegiadas están acostumbradas a hablar, a decir, a nombrar sin que haya ningún tipo de contradicción del resto. Los hombres dicen y las mujeres callan; los adultos nombran y los niños aprenden, los blancos mandan y los indígenas obedecen; el rico suspira de tedio y el resto combate con la vida para salir adelante.

Interiorizamos estas formas de tal manera, que a la mujer que lo hace visible, se le estigmatiza, que al pobre que se niega a obedecer se le llama revoltoso, que al indígena que no quiere bajar de la calle lo acusamos de sedicioso, que al obrero que se niega a ser obrero, ya de otros, ya de si mismo, se le excluye. El odio del privilegiado se vuelca no en las condiciones sociales de división social (que le benefician), sino contra quien las hace visibles: el chairo, la feminazi, el “huevón que no se pone a trabajar y entiende que el cambio está en uno mismo”. A ese grupo se le unen quienes interiorizando esas condiciones de vida como naturales, buscan emular, aun cuando sea discursivamente, las posibilidades de las que carecen. El aspiracionalismo que se burla de quienes buscan, antes que una mayor tajada del pastel, cambiar el menú completo.

Esta división social no está, como he mencionado, en las elecciones. Somos el segundo país más desigual del mundo, el primer lugar en crímenes de odio por preferencia e identidad sexo genérica, la violencia de género es tan grande aquí, que el término feminicidio se utilizó por primera vez en nuestro contexto y tan racista que no nos reconocemos como tales. Basta mirar alrededor nuestro para observar como lo mejor y lo peor del mundo conviven en una danza macabra en nuestras calles. Silenciar esta realidad, ya sea callando al dominado, ya culpando al proceso electoral, no es sino un mal chiste que perpetúa estas condiciones y genera más encono, más problemas y una cada vez mayor desigualdad.

El texto inicia con mis abuelos, lo inmediato y personal de mi vida, para irse, al parecer, a cuestiones generales. Pero junto con esos momentos felices que viví junto a ellos, tengo aun en la mente malas experiencias: la violencia institucional contra el anciano al que le ponen un consultorio de geriatría en el piso nueve de una clínica en que no funcionan los elevadores; la violencia personal del trabajador precarizado para quien el hombre frente a él, con su oído duro es no una persona, sino una carga que le quita tiempo efectivo para desarrollar sus actividades; la manera en que existe un abandono sistemático por parte del estado, la familia y la sociedad civil de que el anciano es un ser humano que merece respeto, que es digno y valioso por si mismo.

Junto con todos esos recuerdos, guardo otro, como una pequeña esperanza en la caja de Pandora: la voz clara y debilitada de mis dos ancianos, que siendo acusados de violentos, de molestos, de agresivos cada vez que así lo hacían, le recordaban a quien tenían enfrente cada una de estas cosas. Porque el odio y la división no surgía de ellos, porque sus reclamos eran justos y porque me enseñaron a mí a hacer lo mismo cuando así lo considerara correcto.

Sergio Martín Tapia Argüello
Twitter: @parin75